Capítulo del libro

CASAMIENTO DE NICOLAS ANCHORENA… ¡ESCÁNDALO!

Septiembre 24 de 1864: casamiento del millonario Nicolás Hugo Anchorena y la condesa María Mercedes Castellanos de la Iglesia [1]. Tras la ceremonia religiosa en La Catedral de Buenos Aires, donde toda la crème bonaerense presenció la unión de estos dos deslumbrantes personajes, la reunión se desarrollaba normal en la quinta de Olivos, propiedad de los Anchorena. Cuando los invitados ingresaron a la residencia, los hombres recibían como obsequio habanos de Centroamérica, y las damas una rosa con dedicatorias especiales. Los mayordomos acompañaban a los concurrentes al gran salón principal y los ubicaban, previo chequeo de la lista que indicaba la distribución de invitados. Apoyados en finos estambres de hierro forjado se hallaban copias del menú a degustar, en papel fileteado con ribetes de hilos de oro. El matrimonio Guerrero, los Cárdenas y los Álzaga fueron colocados en el mismo sector. Y enfrente los jóvenes Guerrero, con los Cueto y los Demaría. Ese era un día muy especial para Antonia y María, era el primer gran evento al que concurrían.

Martín tomó el menú y leyó: 24 de septiembre de 1864 Nupcias de Nicolás Hugo Anchorena y María Mercedes Castellanos de la Iglesia Condesa Pontificia y Dama de la Rosa de Oro. Esta noche les ofrecemos: Entradas Sopa de Tortugas Fiambre a la Stanle y Bocadillos de crema Pastel de pichones Platos principales Dorado a la sevillana con Salsa sublime Cordero asado con Salsa verdeVol-au-vent a la lionesa Ranas a la gaditana Adobo a la hojaldra Postres Manjar real Embrollo diplomático Torta real[2] Bebidas Ponche frío Ponche Olímpico Caña Chicha Whisky Champagne Refrescos Ginebra Vinos españoles cosecha 1810

-Mmmm, ¡qué exquisiteces vamos a comer! –exclamó Guerrero, sentado junto a su esposa.-Me temo que no Carlos. A mí no me va a entrar tamaño menú –respondió Martín, dejando el papel sobre los pétalos de rosas rosadas que había sobre la mesa, luego de una lectura puntillosa.-Sí, todo es muy impactante, pero… ¿dónde están los novios? –preguntó intrigada doña Felicitas.

-¡Me gustaría saberlo! –adhirió Valeria-. Desde la ceremonia en la catedral que no se han visto más. Felicitas miraba el imponente recinto, decorado en estilo francés. Las estatuas de mármol blanco; los candelabros y arañas de cristal con decenas de picos de gas; los frescos en el techo; las mesas vestidas con manteles rosa y blanco; la porcelana y las copas de cristal italiano con el apellido “Anchorena” grabado en oro; la gran orquesta que tocaba música clásica ubicada en un costado… y pensaba: -“El lugar y los detalles son maravillosos, pero siempre la misma gente frívola y trepadora… serían capaces de arrancarse los ojos para ver concretadas sus ambiciones…”.

Cuando los comensales estuvieron ubicados, la orquesta tocó una corta melodía de Wagner, con un brío especial. Al finalizar, un elegante presentador vestido de frac negro llamó la atención de todos hacia el centro del gran salón: -¡Muy buenas noches!. La familia Anchorena les da la bienvenida a esta, su residencia, y los invita al gran jardín, con el fin de recibir a los novios: el señor Nicolás Hugo Anchorena y la Condesa Pontificia y Dama de la Rosa de Oro, María Mercedes Castellanos de la Iglesia –anunció el elegante hombre-. Tengan a bien por favor salir a los jardines.

Todos muy intrigados se levantaron de sus sillas estilo Luis XV, y partieron entre murmullos hacia el exterior. El presentador se paró junto a una de las fuentes centrales, y señalando al cielo exclamó: -¡Qué suenen estridentes las trompetas, y recibamos con fuego, agua y música a los recién casados!.

Un clamor de clarines abrió la noche, con un firmamento plagado de coloridos fuegos artificiales; acompañados de las danzarinas aguas, que provocaron en los presentes aplausos y todo tipo de exclamaciones. Aún sin recobrarse de la sorpresa, los invitados vieron aparecer hacia el oeste un punto de luz que se desplazaba en dirección a la gran mansión.

-¿Qué es eso? –exclamó extrañado Martín.-No lo sé, pero se ve hermoso, estampado sobre el cielo estrellado –acotó Felicitas, tomando de las manos a sus hermanas.

A los pocos minutos pudieron divisar al objeto: el punto de luz era un enorme globo aerostático, diseñado en estridentes colores naranjas. Cuando el dirigible arribó en el extremo oeste del jardín, cuatro jóvenes dejaron caer los sacos de lastre, junto con el ancla, que voló camino hacia la Tierra. En las cuerdas que sostenían los sacos, los acróbatas se deslizaron, haciendo piruetas ante los boquiabiertos invitados. Desde el receptáculo central de la molgolfiera, Nicolás y su esposa María Mercedes saludaban, felices y emocionados. Al llegar a la Tierra, los sirvientes desplegaron la puerta con interiores acolchados y ayudaron a descender al matrimonio, recibido con aplausos, música y más fuegos artificiales. En una larga ceremonia, Nicolás estrechaba a cada uno de los presentes, y recibía señales de afecto, al igual que su esposa. Acompañaban a los novios la orquesta con coros, interpretando la Marcha nupcial de la ópera Lohengrin[3] de Wagner.

María Mercedes lucía un exclusivo vestido de encaje guipure francés, con el canesú bordado en perlas naturales. En la cabeza una fina tiara de diamantes relucía entre los rubios cabellos recogidos. Joyas de oro, platino y rubíes adornaban el cuello y muñecas.

¡Qué maravillosa ocurrencia Nicolás!. ¡Jamás vimos un espectáculo así! –dijo Martín al abrazarlo.

Todo es alucinante. Nicolás, condesa, les deseamos muchas felicidades –exclamó Felicitas, haciendo una reverencia. Este tipo de sorpresas le cambiaban el humor a la joven Álzaga.-¡Gracias, gracias!. ¿Les gustó amigos? –preguntó Nicolás con gruesa voz, de impecable frac negro.-Claro que sí –adhirió Felicitas-. Realmente me sorprendieron, llegaron a su boda de un modo inusual -comentó la joven.La condesa la miró encantada y acotó:-Usted tiene una mente muy abierta señora de Álzaga. No a todos les agradan estas ideas disparatadas.-A mi sí condesa. Amo el ingenio y la originalidad de las personas que se atreven –citó Felicitas.-Estas son las ocurrencias de mi excéntrica esposa –agregó el rico estanciero, con una socarrona sonrisa.-Espero que todo sea de vuestro agrado mi querida –adhirió la delicada condesa.

Por supuesto señora de Anchorena, ustedes y el entorno componen una noche inolvidable –respondió Felicitas admirando el iluminado firmamento. Al finalizar los saludos, todos se dispusieron a disfrutar de la exquisita cena. A los postres los invitados se repartieron entre los salones de la mansión y los bellos jardines. La noche, siempre poblada de música, aguas danzantes, bailarines, y pequeños espectáculos en varios puntos de la quinta, amenizaba a los invitados, que mojaban sus labios con el más fino champagne francés. En el círculo de luchadores, ubicado en una de las galerías, los Guerrero, Martín y su vecino de Montes Grandes, el terrateniente José Lastra conversaban…-El lunes supervisaré un embarque a España de cueros y tasajo –le decía don Carlos a Álzaga, mientras saboreaba un exquisito trozo de torta.-Sí Carlos, yo me encargaré del traslado de los granos desde las barracas. Creo que esta vez, arreglaré la salida desde el puerto de La Boca –acotó Álzaga. -Muy inteligente Martín –adhirió Lastra-, el trámite desde ahí es más sencillo, y el tráfico más liviano. Carlos Francisco, que ya había crecido en porte y mente, los escuchaba. En ese momento, llegó al grupo el dueño de casa.-¿Cómo la están pasando mis amigos? –los saludó radiante el novio.-¡De mil maravillas Nicolás! –exclamó Carlos.-No podríamos estar mejor, y te felicitamos por tu bella esposa y por tu mansión –dijo Martín estrechándole la mano.-¿Y tú dices eso Álzaga?. ¿No estás casado con la mujer más hermosa de la República? –admiró Anchorena, con su voz gruesa.-¡Gracias hombre! –respondió Martín. -Y parece que tus negocios han tomado alto vuelo –continuó Nicolás-. Ha llegado a mis oídos de las toneladas de… Carlos Francisco no perdía detalle. Por vez primera vislumbró la magnitud de la fortuna de su cuñado, y por consiguiente, el tremendo sacrificio que su hermana realizó.Felicitas, sentada en el jardín con sus hermanas y tías, recibió de Carlos Francisco una mirada de solidaridad, que ella no comprendió en ese momento. Más allá, el círculo de los intelectuales, compuesto entre otros por Pablo Cárdenas, Manuel Ocampo, los Cueto, el presidente Mitre y el vice, Marcos Paz, debatían sobre la inminente guerra contra el Paraguay…-Sí señores, el momento se acerca –aclaró Mitre-. La actitud hostil de Paraguay es insostenible. Francisco Solano López va a invadir territorios que no le corresponde… -Pero Bartolomé, ya hemos discutido esto un millón de veces en las Cámaras y… -se animó a decir Manuel Ocampo, cuando todos se quedaron paralizados mirando a Enrique y su voluptuosa acompañante… De una de las puertas de la residencia apareció Enrique Ocampo, que llevaba del brazo a Aixa. La insistente mulata, cansada de estar encerrada en su casa, le rogó a Enrique que la llevara al casamiento de Anchorena, y él accedió, luego de muchos méritos sexuales de la brasileña. -Buenas noches hermano, ¡qué sorpresa! –dijo Manuel, que recibió en el grupo a la pareja-. ¿En qué mesa se ubicaron que no los vimos? –preguntó.-Buenas noches. Estábamos con los Lafone –contestó Enrique. Los hombres los saludaron con respeto. Pero la presentación de Aixa ocasionó que todos deslizaran sus ojos por el pronunciado escote, al inclinarse a besar su mano.-Si deseas Enrique, le pediremos a mi esposa que acompañe a la señorita Aixa, mientras tú conversas con nosotros –propuso Manuel. -No te preocupes hermano; yo la llevo y regreso en unos minutos. Así Enrique se pavoneó con la exuberante dama por toda la residencia. Los antiguos clientes de Aixa la saludaron con una leve inclinación de cabeza, ante los codazos de sus esposas.Felicitas y las suyas miraron escandalizadas el paso de Ocampo con Aixa. Enrique dejó a su amante en compañía de su cuñada, y con sonrisa maliciosa vino a saludarlas, despertando la curiosidad de la joven señora de Álzaga.-Muy buenas noches estimadas damas –exclamó el mozo con una reverencia.-Buenas noches señor Ocampo –contestaron.-¿Podemos saber quién es su hermosa compañera Enrique? –se animó a preguntar Felicitas.Él desvió el comentario diciendo.-Sólo una amiga bella Felicitas, nada más –y retornó junto a la mulata, que continuaba sentada con la esposa de Manuel.Cuando Felicitas quedó a solas con sus allegadas, Tránsito comentó:-Esa mulata tan provocativa debe ser su cortesana.Las damas se miraron sonriendo por lo bajo; Valeria se animó a deslizar:-¿Pertenecerá a la sociedad de las tapadas[4]?.-Tal vez –dijo doña Felicitas.-No entiendo, ¿qué significa sociedad de las tapadas? –quiso saber Antonia.Tránsito tomó la palabra.-Son las damas obedientes sobre todo a las leyes del placer[5] –aclaró su tía.Las jóvenes rieron comprendiendo el término. Enrique retornó al grupo de los intelectuales, a los que se habían unido Bernabé Demaría y su hijo Cristián, y comentaban sobre las obras de Mitre[6]. El joven Cristián observaba con detalle la conducta del menor de los Ocampo… algo le decía que ese hombre no le agradaba en absoluto. Después de unos minutos de intercambiar opiniones, Enrique partió decidido a introducir su desafiante opinión en el grupo de los luchadores. Ocampo no perdería la oportunidad de incomodar a Guerrero. Llegó justo cuando Martín decía: -La mayoría de mis peones y capataces son inmigrantes, gente honesta y trabajadora –Álzaga hizo una pausa, y saludó con respeto a Enrique, al verlo unirse al grupo.Ocampo lo observó callado con ojos punzantes, que desvariaban entre la copa de ponche y los hombres. Carlos padre mal recibió a Enrique con un gesto hosco, y luego le sonrió a Martín.-¡Así es mi querido yerno!. Hemos venido a estas tierras a trabajar con fuerza e ímpetu europeo –exclamó con orgullo Guerrero, con unas copas de más.Martín siguió, sin ánimo de ofender a nadie.-Estoy muy conforme con ellos. Fueron leales a mi padre, y durante mi exilio, lo fueron conmigo también. Mantuvieron productivas mis estancias en mi ausencia…-Bueno Martín, no seas humilde –le cortó su suegro, con la velada intención de menoscabar a Enrique-. ¡Tú tienes talento, y eso es básico para triunfar en la vida!.Todos los hombres brindaron por Álzaga, excepto Enrique, que intervino:-No concuerdo con ustedes caballeros, y si me permiten… –solicitó.Guerrero lo miró como queriendo que se evaporara en el aire. Sin educación y en voz alta lanzó un:-No Enrique, te agradecemos, no nos interesa tu opinión –dijo el español cortante, envalentonado por el alcohol, respondiendo por todos, e intuyendo vociferaciones públicas de conceptos en su contra. Los hermanos Lastra, propietarios de los campos que colindaban con Martín en el partido del Tuyú[7] , vieron como Enrique se mortificó con semejante bofetada verbal. Pero Ocampo no se dio por vencido: -Reitero que no estoy de acuerdo con su opinión y la de Álzaga, señor Guerrero -exclamó con voz más alta y clavando sus ojos en él.Entonces uno de los Lastra intervino.-Dejemos a Enrique que dé su opinión, Carlos por favor –solicitó el sereno hombre a Guerrero.Carlos, con poca sensatez, exclamó enarbolando los puños al aire:-¡Bueno coño, está bien!. Que hable Ocampo –dijo evitando mirar a Enrique.Como la conversación había ido subiendo de tono, varios caballeros se acercaron, y se captó la atención circundante. Con este escenario Enrique se expresó:-No creo que todos los inmigrantes tengan honestas ansias de progreso –dijo señalando a Guerrero, con el bastón de marfil y plata.-Ah no, ¿y porqué señor Ocampo? –respondió Carlos con tono desafiante, y con el respaldo de sus amigos.Enrique los miró y le estampó en la cara con desparpajo: -Porque de Europa vino a nuestras tierras la lacra social, que escapó de las hambrunas que mataron allá a millones –relató Ocampo, provocando a Guerrero-. En el molino hemos sufrido el robo y la estafa de muchos extranjeros muertos de hambre –concluyó, y se quedó mirando a Carlos con el pecho orgulloso. Un Guerrero con cola de paja tragó saliva. Su contrincante continuó:-Y a usted señor Álzaga, ¿nunca le han robado los inmigrantes mugrientos de sus estancias? –provocó Enrique a Martín, que mantuvo su silencio-. ¡Le apuesto una noche con su esposa, a que sí! –retó Ocampo a su rival. Un silencio de necrópolis congeló al grupo. Todos contuvieron el aliento esperando una confrontación. Pero Martín, demasiado blando e indeciso en algunas ocasiones, y capaz de soportar una afrenta verbal, respondió: -No Enrique, nadie me ha robado, y no acepto la apuesta. Carlos no te exaltes, no vale la pena –dijo con voz baja, y sosteniendo el brazo de su suegro, que ya estallaba. Martín, con su temple pisciano, trató de apaciguar el cargado ambiente. La escena también llamó la atención de las damas Guerrero, que se fueron acercando poco a poco.Enrique, ante la negativa de pelea de Álzaga, y tratando de exteriorizar sus odios y agresividad acumulada, increpó al enrojecido Guerrero:-Y usted, mi malogrado suegro español, ¿qué opina?.Entonces Carlos se zafó de su yerno.-¡Déjame Martín, yo le voy a enseñar a éste! –bramó, y se dirigió a Ocampo-. ¿Usted me dice a mí, inmigrante mugriento y muerto de hambre?.Enrique se paró firmemente en sus dos piernas y respondió a los gritos, ante la mirada atónita de los hombres, de Felicitas y los suyos. -¡Sí Guerrero, sobre todo a usted: vil chusma europea, que necesitó casarse con una de las damas Cueto, para entrar en las familias patricias argentinas… y luego entregó a su hija mayor a este Álzaga, un viejo en estado calamitoso, para asegurarse su fortuna! –aulló Ocampo señalando a Martín. Se escuchó un “¡Ohhh!” de fondo. Los presentes tomaron sus cabezas ante tamaña verdad vociferada en público. Don Manuel se quería morir… Enrique prosiguió:-¡Sí, a usted lo señalo, y le digo en la cara lo que todos opinan a sus espaldas, y no se animan a expresar!.Un Carlos desencajado al oír parte de su miserable vida ventilada sin tapujos se abalanzó sobre Enrique, gritando:-¡Mozalbete insolente, no te voy a permitir…! -y comenzaron a propinarse puñetazos. Los distinguidos caballeros que rodeaban a los púgiles, se olvidaron de su nivel social y del evento en el que se hallaban. Se dividieron en dos bandos, tomando partido por cada uno… y comenzaron las apuestas… en un enfervorizado clima no dejaban a Carlos Francisco, a los Cueto y a Manuel Ocampo separar a Carlos y a Enrique. Así, los peleadores ubicados en el medio del círculo de hombres se medían, mientras patadas, escupidas, puñetazos e insultos volaban por el aire. Finalmente los gritos de las damas y los empujones de Martín, de Carlos Francisco y demás lograron separarlos. Los alaridos de Felicitas, hermanas y tías teñían el fondo de la escena, donde un escándalo más era vivido por las familias Guerrero y Ocampo. Llegó al sector también Pablo Cárdenas, y ayudó a disolver la contienda. Carlos y Enrique estaban transpirados y rojos de ira… -¡Te mataré Ocampo! –gritó Carlos.-¡Esta es la oportunidad en que me tienen inmovilizado… porque en la próxima, te trituro el cráneo gallego bruto! –bramaba Enrique, mientras su hermano y Pablo se lo llevaban al otro extremo de la gran mansión. Tomó varios minutos restaurar el orden. Los músicos volvieron a sus puestos comentando la riña, y la orquesta continuó tocando. Guerrero se arreglaba la levita, cuando su suegro Cueto le sugirió en tono de tensión contenida:-Carlos, deberías controlarte, no te olvides que detrás de ti estamos nosotros –le pidió don Manuel rodeado de sus hijos, todos colmados de vergüenza e ira.Pero Guerrero volvió a equivocarse, teniendo como testigo a la alta sociedad…-¿Y qué pasará si no lo hago, mi querido suegro? –lo increpó con las pulsaciones aún al máximo y el alcohol en las venas.Don Manuel miró a su hija Felicitas, pálida y demacrada, aún no repuesta del embarazo de José Manuel, y le contestó terminante: -Te recuerdo que en el discurso de Ocampo se mencionó mi apellido. Aunque él haya dicho la verdad, los Cueto estamos acostumbrados a infundir respeto y dignidad, por si lo olvidaste. Carlos calló, ante los ojos llenos de lágrimas de su esposa. Los Cueto se retiraron al interior de la residencia. Con voz implorante la señora Guerrero habló…-¿Qué sucedió Carlos? –preguntó doña Felicitas, que también oyó parte de la conclusión de Enrique. Su marido no le respondió. Sólo Martín dio explicaciones, minimizando la situación. Cuando Guerrero se repuso, su mujer lo volvió a increpar, ante la mirada de sus hijos.-Nada, nada querida –le dijo Carlos, que en público la trataba bien-. Es Enrique que opina diferente que nosotros… tú sabes como es. -No, no lo sé –le respondió doña Felicitas secando sus lágrimas-. Enrique Ocampo es un desconocido para mí. Carlos no pudo con su genio, y desparramó negatividad a todos.-¡Es un loco demente, un descontrolado y un desquiciado!. ¡Y ese infeliz te pretendía a ti! –vociferó el español a su hija mayor-. Mira lo que eres capaz de atraer… -culminó.Las hermanas Guerrero le clavaron las miradas. Felicitas, contenta porque alguien más que ella le decía la verdad a su padre, le contestó desafiante:-¡Prefiero no tocar ese tema TATITA! –y le dio la espalda, alejándose con su esposo. Tamaño revuelo no pasó inadvertido para la etérea condesa, flamante esposa de Nicolás Anchorena, que observaba junto a su familia política toda la trifulca, a unos metros de distancia. María Mercedes Castellanos de la Iglesia, Condesa Pontificia y Dama de la Rosa de Oro. Alta, delgada y extremadamente fina, dijo a su marido y familia: -¡Oh, qué horror Nicolás, esta gentuza arruinó nuestro casamiento! –exclamó tomándose con una mano el pecho-. Yo sugerí no invitar a esta seudo-aristocracia argentina. En Europa comentan que huele a excremento, por sus orígenes… ¿saben?. Y hoy, con este escándalo, lo he corroborado –expresó con voz lánguida, detrás del abanico de plumas.Nicolás cerró sus ojos, ante la mirada requisitoria de los suyos, que se sintieron tocados por el agrio, pero real comentario de la condesa. Los ánimos se apaciguaron con los acordes de la orquesta, que marcaron la continuidad de la fiesta.Los reales protagonistas de esa noche, que no fueron los novios, se retiraron de la residencia de Olivos con un dejo amargo en sus bocas. Don Manuel Cueto le decía a Catalina Montes de Oca en el carruaje: -¡Me arrepiento mil veces de haber permitido a Felicitas casarse con ese mequetrefe!. Carlos es un ser mezquino y dominante, que sólo le ha dado infelicidad… Doña Catalina se limpió las lágrimas y le respondió:-Nada pudimos hacer querido, ella se enamoró…-Sí, ya lo sé. Pero mira las consecuencias: ¡el apellido CUETO, MI APELLIDO tirado por el piso con este impertinente y escandaloso suceso!; además de arruinar la vida de mi nieta mayor, haciéndola casar con Álzaga por conveniencia –gritó Manuel, que todavía no superaba lo de Felicitas.-Bueno querido, tranquilízate… te va a hacer mal –le imploró su esposa.-¡A ese infeliz de Guerrero no le dirigiré más la palabra! –estalló Manuel, sin oír a su mujer. En el vehículo de los Álzaga, Felicitas despotricaba contra su padre, ante un callado Martín…-¡Me avergüenza mi tata!, maldigo la sangre española que corre por mis venas, que se esfume para siempre de mi vida –exclamó alterada. Los hechos desagradables se sucedían uno detrás de otro, tornando cada vez más graves las consecuencias entre estas importantes familias. Esa madrugada, un violento y desencajado Enrique Ocampo maltrató sexualmente a Aixa, volcando en ella ira e impotencia… Y una escena similar se vivía en el cuarto de los Guerrero. Doña Felicitas le pidió explicaciones a Carlos del por qué de su descontrol; pero Carlos respondió tomándola de los hombros, haciéndola girar y desprendiendo los botones de su bragueta, Guerrero repetía en su mente:-“¡Ocampo jamás tendrá a mi hija… no dejaré que él pueda más que yo!”.Y volvió a satisfacerse sexualmente, como era habitual, sin interesarle el estado emocional y físico de su esposa.

________________________________________ [1] Baccino, Napoleón. Aaron de Anchorena: una vida privilegiada, origen de la fortuna. [en línea] Buenos Aires, Argentina. 1.3. , http://es.geocities.com/ancho203/aaron/anchorenaaron.htm, [Consulta: 20 de abril 2005 y 24 de abril de 2006]. [2] Gorriti, Cocina Ecléctica, pág. 33, 183, 261, 87, 236, 41, 55, 44, 182, 179, 178, 278, 277, 255. [3] N. de la A.: Richard Wagner fue un gran teórico y compositor alemán, nacido en Leipzig el 22 de mayo de 1813. El 28 de agosto de 1850 escribió la genial ópera Lohengrin. Murió en 1883. [4] Gorriti, Cocina Ecléctica, pág. 11 [5] Ibídem anterior. [6] Ver reseña Fórmula Mitre y Paz, pág.422 (N. de la A.). [7] Guerrero, Cariló, una pasión con historia, pág. 16, 30.